El ambiente que nos enferma
Carla Patricia Saucedo Huidobro
El clima laboral no es un telón de fondo. No es un “ambiente” neutro que acompaña el trabajo como la temperatura acompaña al cuerpo. Es una variable activa, persistente, biológica. Se respira, se incorpora, se somatiza. Y, con el tiempo, enferma o sana.
Desde hace años, la evidencia en psicología organizacional y salud mental converge en un punto incómodo: los espacios de trabajo no solo organizan tareas, también modelan estados emocionales crónicos. Cuando la incertidumbre es la norma, cuando la comunicación es opaca, cuando el reconocimiento se administra como excepción o castigo, el organismo no distingue entre amenaza simbólica y amenaza real. Activa los mismos circuitos. Sostiene el mismo estrés. Paga el mismo precio.
El problema es que hemos aprendido a nombrar ese desgaste con palabras suaves. “Cansancio”, “desmotivación”, “falta de compromiso”. Etiquetas funcionales que desplazan la pregunta central: ¿qué tipo de ambiente exige a las personas operar de forma permanente en modo de supervivencia? Porque ahí, justo ahí, comienza la patología silenciosa del clima laboral tóxico: no en el conflicto puntual, sino en la exposición prolongada.
Un mal clima no se define por un jefe difícil o por una carga alta de trabajo en momentos críticos. Se define por la falta de previsibilidad, por la incoherencia entre discurso y práctica, por la normalización del maltrato sutil, por la ausencia de espacios reales de reparación. Se define, sobre todo, por la imposibilidad de bajar la guardia sin consecuencias. Cuando eso ocurre, el estrés deja de ser una respuesta adaptativa y se convierte en un estado basal.
Las investigaciones sobre burnout académico y laboral lo muestran con claridad: no es la persona la que “no aguanta”, es el sistema el que exige más de lo que devuelve. Y cuando el sistema enferma, los síntomas aparecen en los cuerpos individuales: ansiedad persistente, insomnio, irritabilidad, cinismo, depresión, enfermedades psicosomáticas. Luego, paradójicamente, se medicaliza al individuo sin intervenir el entorno que lo produce.
Pero el clima laboral también puede ser un factor de protección. Un ambiente claro, justo, con límites definidos y comunicación consistente, no elimina el estrés, pero lo vuelve transitorio. Permite que el esfuerzo tenga sentido, que el error no sea una amenaza identitaria, que el cansancio encuentre descanso. En esos contextos, la motivación no se impone: emerge. Y la salud mental no es un beneficio extra, es una consecuencia lógica.
Hablar de clima laboral, entonces, no es un gesto de bienestar superficial ni una moda organizacional. Es hablar de salud pública en escala micro. Es reconocer que los espacios donde pasamos la mayor parte de nuestra vida adulta tienen un impacto directo en cómo pensamos, sentimos y funcionamos. Y también en cómo enfermamos.
La pregunta no es si el ambiente laboral influye en la salud. Eso ya está respondido. La pregunta es qué tipo de clima estamos dispuestos a sostener —y a normalizar— sabiendo que, tarde o temprano, se inscribe en los cuerpos. Porque ningún rendimiento compensa un entorno que, día tras día, erosiona a quienes lo habitan.

