El desgaste se hereda
Carla Patricia Saucedo Huidobro
El estrés institucional no aparece de golpe. Se instala. No avisa, no irrumpe, no colapsa. Se vuelve parte del funcionamiento cotidiano hasta que deja de percibirse como problema y empieza a operar como norma.
No se localiza en una persona ni se explica por una biografía. Se distribuye. Se reproduce. Se hereda. Circula por pasillos, agendas, correos, evaluaciones, silencios. Y cuando eso ocurre, deja de ser una experiencia individual para convertirse en un fenómeno colectivo.
Al inicio se manifiesta como fricción constante. Nada extraordinario: plazos que no alcanzan, criterios que se mueven, exigencias que se acumulan sin retirarse nunca. Cada episodio, por separado, parece manejable. El problema no está en el evento, sino en la repetición. En la exposición prolongada a un sistema que opera siempre al borde.
Con el tiempo, los efectos empiezan a parecerse demasiado entre sí. Cansancio persistente, dificultad para concentrarse, irritabilidad normalizada, apatía funcional. No importa el cargo, la antigüedad o la vocación. Los síntomas se repiten porque la fuente es la misma. Cuando el patrón se replica en distintos cuerpos, ya no estamos frente a casos aislados.
Las instituciones prefieren otra lectura. Les resulta más cómodo atribuir el desgaste a debilidades personales, falta de habilidades emocionales o deficiencias de autocuidado. Ese desplazamiento es estratégico: preserva la estructura intacta y convierte el daño en responsabilidad privada. Pero el estrés institucional no requiere fragilidad previa. Requiere permanencia.
Cuando la urgencia se vuelve método y la sobrecarga se normaliza, el estrés deja de ser respuesta y se transforma en condición basal. No depende de crisis específicas; se sostiene incluso en periodos de aparente estabilidad. El cuerpo aprende rápido: no detenerse, no cuestionar, no fallar. El discurso viene después.
Ahí es donde la lectura epidemiológica deja de ser metáfora. Hay factores de riesgo compartidos, ambientes de alta exposición, ausencia de contención y reproducción sistemática de prácticas dañinas. Quien llega nuevo se adapta o se va. Quien se queda, incorpora el malestar como parte del oficio.
Lo más inquietante es que el sistema suele seguir funcionando. Cumple, produce, entrega. La eficiencia aparente oculta el costo. Hasta que aparecen las ausencias, los errores, las renuncias silenciosas, los conflictos. Entonces se habla de desgaste, de burnout, de desmotivación. Rara vez se nombra la lógica que lo produce.
Pensar el estrés institucional como fenómeno epidemiológico obliga a mover el foco. Ya no se trata de quién no aguanta, sino de qué condiciones sostienen el daño. No se trata de fortalecer individuos para que resistan mejor, sino de revisar estructuras que enferman de manera sistemática.
Mientras el estrés siga siendo leído como falla personal, los brotes continuarán. Previsibles. Recurrentes. Evitables. Y mientras se sigan atendiendo casos sin intervenir el sistema, el problema seguirá circulando.
No es una exageración diagnóstica. Es una advertencia. Y como toda advertencia ignorada durante demasiado tiempo, termina escribiéndose en el cuerpo colectivo. Cuando eso pasa, ya no alcanza con intervenir personas. Hay que intervenir instituciones. Y eso, aunque incomode, siempre es una decisión política.

