Vivir en modo alerta
Carla Patricia Saucedo Huidobro
El agotamiento sostenido no aparece de golpe. No irrumpe. Se instala. Se vuelve paisaje. Y cuando finalmente se nombra, el cerebro ya lleva demasiado tiempo funcionando en un registro que no fue diseñado para habitar.
Desde la neurociencia, lo que llamamos agotamiento no es un exceso de trabajo ni una falla de carácter. Es una reorganización forzada del sistema nervioso bajo condiciones de demanda prolongada sin cierre. El problema no es el esfuerzo, es la continuidad sin salida. El cerebro tolera la exigencia intensa si sabe que habrá fin. Lo que no tolera es la exposición indefinida.
Cuando el estrés se vuelve crónico, el eje que regula la respuesta al peligro deja de ser un mecanismo de emergencia y pasa a ser el estado basal. No hay alarma que se apague porque ya no hay “afuera” del peligro. El cuerpo aprende que estar en alerta es la norma. Y el aprendizaje neural, cuando se consolida, no distingue si la amenaza es real o simbólica.
Ahí empieza el deterioro silencioso. No espectacular, no dramático. Sutil. La atención se fragmenta, la memoria pierde nitidez, la toma de decisiones se vuelve pesada. No porque falte capacidad, sino porque el cerebro está ocupado sosteniendo la vigilancia. La energía cognitiva se va en anticipar, no en crear. En resistir, no en pensar.
Lo más perverso del agotamiento sostenido es que no se vive como enfermedad, sino como identidad. La persona se acostumbra a funcionar cansada, irritable, desconectada del placer, y el entorno lo celebra como compromiso. El sistema recompensa la autoexplotación mientras castiga la pausa. Y cuando el cuerpo empieza a fallar, se individualiza el problema: ansiedad, depresión, “burnout”, como si fueran rasgos personales y no consecuencias estructurales.
Neurobiológicamente, el descanso ya no repara porque el cerebro no reconoce seguridad. Dormir no basta si el sistema nervioso sigue interpretando el entorno como impredecible. Por eso el agotamiento sostenido no se cura con vacaciones ni con respiraciones profundas aisladas. Se sostiene —o se revierte— en los contextos.
Un cerebro expuesto de manera prolongada a demandas incongruentes, falta de control y evaluación constante aprende a sobrevivir, no a vivir. Y sobrevivir tiene un costo alto. No solo para la salud mental individual, sino para la calidad de los vínculos, la ética del trabajo y la posibilidad misma de construir ambientes sanos.
Hablar de la neurociencia del agotamiento sostenido no es hablar de fragilidad. Es hablar de límites biológicos ignorados de forma sistemática. Y esos límites, cuando se cruzan una y otra vez, no se negocian. Se inscriben. En el cuerpo. En la mente. En la forma en que una persona deja, poco a poco, de sentirse en casa dentro de sí misma.

