Coreografía de identidad
Carla Huidobro
A veces se detiene y siente ese temblor mínimo que no anuncia nada, pero lo mueve todo. No es una duda abstracta; es un filo que roza por dentro, como si al intentar alcanzarse descubriera que algo se repliega, que la forma que creía firme se disuelve un instante antes de nombrarla. Hay días en que advierte cómo los otros la reconocen desde una versión que no eligió, una máscara que nadie cuestiona porque encaja demasiado bien en la expectativa ajena. Y ella, atrapada entre ese gesto y su propio pulso, se pregunta dónde termina la mirada del mundo y dónde empieza la suya.
La palabra libertad le pesa como un cuerpo ajeno. No porque no la desee, sino porque intuye que, si la tomara en serio, tendría que desarmarse por completo. A veces imagina ese gesto radical de soltarlo todo: la ruta, los roles, la disciplina, las voces que la nombran antes que ella misma. Fantasea con ese correr sin destino, sin testigos, con una respiración que no tenga que justificarse.
Y justo cuando ese impulso parece posible, aparece el miedo. No el miedo grandilocuente, sino el otro: el que se sienta a su lado y le pregunta qué está dispuesta a perder por lo que aún no alcanza a comprender.
Cada decisión —incluso las que cualquiera consideraría triviales— deja un rastro incómodo. ¿Esto nació de mí o alguien escribió el guion sin avisar? A veces siente que avanza, que por fin rompe el círculo, pero basta un respiro para descubrir que volvió al mismo punto, repitiendo la pregunta con otra forma, con otro tono, con el mismo vértigo.
En los momentos más desprotegidos reconoce que hay algo que persigue. No logra nombrarlo, pero lo percibe ahí, quieto, respirando detrás del espejo. Una presencia que asoma apenas un segundo, como una advertencia o una promesa, antes de desvanecerse. Y quizás la vida sea justamente esa serie de reflejos incompletos: una imagen que se arma y se quiebra al mismo tiempo, dejando entrever todo lo que aún intenta decir sin que nunca termine de revelarse del todo.

