Carla Huidobro

En México, el abuso sexual infantil no es una cifra que se coloca en una gráfica: es una herida abierta que atraviesa generaciones sin que el país tenga el valor de nombrarla de frente. Una sombra densa que se instala justo donde debería haber juego, resguardo, risa. La infancia —ese territorio que tendría que ser lugar y no amenaza— queda marcada por un silencio que nadie quiere cargar, pero todos permiten.

Tras las paredes de la casa, en escuelas que presumen protección, en instituciones que deberían encarnar cuidado, se esconden historias que rara vez sobreviven al miedo. Niños obligados a callar, a sostener un secreto que les corroe la voz; niñas manipuladas por quienes tendrían que cuidarlas, no usarlas. Las cifras oficiales apenas tocan la superficie: lo terrible está en lo que no se denuncia, en lo que se queda atrapado en la garganta, en eso que se aprende a callar como mecanismo de supervivencia. Y ahí, justo ahí, el silencio se vuelve el cómplice más disciplinado del abuso.

Las secuelas no terminan cuando el acto se detiene. Se deslizan hacia la vida entera: en el cuerpo que ya no se siente seguro, en la mente que aprende a desconfiar de todo, en la forma en que un niño mira el mundo después de haber sido traicionado. Lo que se fractura no es solo su inocencia; se quiebra la posibilidad de un futuro no condicionado por el miedo. El trauma se disfraza: ansiedad, tristeza, aislamiento, bajo rendimiento, irritabilidad. Cada síntoma es un grito que la sociedad lleva décadas negándose a escuchar.

Y la violencia no se queda en lo íntimo. Cada infancia rota deja un hueco en el tejido colectivo. Un país que permite que sus niños vivan con miedo firma su propia sentencia: pierde fuerza, pierde sentido, pierde rumbo. La salud pública se erosiona, la convivencia se contamina, el desarrollo se estanca. La violencia sexual infantil no solo destruye cuerpos: desordena la ética, la confianza, la idea misma de futuro.

Enfrentar este horror exige más que indignación pasajera. Se necesitan leyes que funcionen, justicia que no humille, sistemas de protección que realmente protejan. También hace falta educación emocional, formación docente que no improvise ante lo urgente, campañas que no dependan del calendario, y una voluntad colectiva de mirar lo que incomoda. Hablar del abuso es romper un pacto de silencio; es un acto político y una forma de resistencia.

México tiene que aprender a escuchar lo que no se dice. Cada historia que se cuenta a tiempo puede evitar otra. Cada voz que vence el miedo abre un resquicio por donde entra la luz. Solo cuando decidimos proteger la infancia con la misma determinación con la que protegemos las apariencias, la palabra “futuro” recupera su sentido.

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