Carla Patricia Saucedo Huidobro

La violencia hacia las mujeres no irrumpe de manera súbita. No aparece como excepción. Se organiza. Se repite. Se vuelve rutina. Por eso hablar del círculo de la violencia no es un ejercicio retórico ni un gesto activista de ocasión: es una forma de nombrar una estructura que opera con precisión y constancia.

Ese círculo comienza casi siempre en zonas que socialmente se toleran. La descalificación mínima. El control presentado como preocupación. La erosión lenta de la autonomía. No hay golpe, no hay escándalo, no hay denuncia posible. Pero hay una modificación silenciosa de la conducta: la mujer ajusta, cede, anticipa. Aprende a no incomodar. Ahí empieza todo.

Después, la violencia se manifiesta con mayor claridad. A veces física, muchas veces psicológica o económica. No siempre deja marcas visibles, pero siempre deja una huella interna que reorganiza la percepción. Y luego llega la fase que más confunde: la aparente reparación. La disculpa. La promesa. El alivio momentáneo. El regreso de la esperanza. El ciclo se cierra solo para volver a comenzar, casi siempre con mayor intensidad.

Entender este patrón no es justificar ni romantizar. Es comprender por qué romperlo no depende únicamente de la voluntad individual. La investigación clínica y social ha mostrado con claridad que la violencia sostenida reduce los recursos emocionales, debilita la capacidad de decisión y altera la forma en que se evalúa el riesgo. No es debilidad. Es efecto acumulado.

Por eso, romper el círculo no puede pensarse solo como un acto personal ni como una exigencia moral dirigida a las mujeres. Es un proceso que requiere información clara, acompañamiento oportuno y entornos institucionales que funcionen sin revictimizar. Requiere que las señales tempranas sean reconocidas como lo que son: violencia en gestación, no conflictos privados.

Hablar de esto desde una posición activa no implica confrontación estéril ni discurso incendiario. Implica asumir una responsabilidad colectiva basada en evidencia. Implica fortalecer la prevención, mejorar los mecanismos de atención existentes y garantizar que las mujeres sepan que no están solas cuando deciden pedir ayuda. La información, cuando es rigurosa, también protege.

Romper los círculos de la violencia no es un acto heroico ni un gesto aislado. Es un trabajo sostenido que se construye desde la conciencia, el acompañamiento y la corresponsabilidad social. Nombrar la violencia con precisión no genera conflicto: genera posibilidad. Y esa posibilidad, cuando se sostiene, salva trayectorias de vida completas.

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