Mildred Alessandra Gutiérrez García

Aprender una lengua extranjera suele presentarse como un ejercicio de memoria: nuevas palabras, nuevas reglas, nuevas estructuras. Sin embargo, quienes han estudiado idiomas indoeuropeos saben que, en la práctica, el proceso es más complejo y, a la vez, más intuitivo. Basta recordar la escena cotidiana: el profesor escribe una palabra desconocida en el pizarrón y, casi sin pensarlo, el estudiante la asocia con una palabra similar en su lengua materna. A veces acierta; otras, se equivoca. Ese margen entre el acierto y el error no es casual: ahí se juegan las etimologías grecolatinas.

Las lenguas indoeuropeas comparten una herencia profunda que se manifiesta en raíces, prefijos, sufijos y cognados. El griego y el latín no son lenguas muertas en el aula: siguen vivas en el vocabulario académico, científico y técnico que atraviesa el español, el inglés, el francés y muchas otras lenguas. Reconocer esa herencia transforma la manera en que se aprende un idioma, porque deja de ser una acumulación de palabras aisladas y se convierte en un sistema comprensible.

El estudio de las etimologías grecolatinas permite algo fundamental: leer con mayor profundidad. Cuando el estudiante aprende a identificar morfemas, puede deducir significados, establecer relaciones entre palabras y reducir la incertidumbre frente a términos complejos. Palabras largas o técnicas dejan de ser intimidantes cuando se entienden como combinaciones de elementos con sentido propio. Esta habilidad no solo amplía el vocabulario, sino que fortalece la comprensión lectora y la autonomía del aprendiz.

La conciencia morfológica cumple aquí un papel decisivo. Saber cómo se construyen las palabras permite desarmarlas y volverlas a armar mentalmente. Este proceso es especialmente relevante en textos académicos y científicos, donde abundan términos de origen griego y latino. Comprender una raíz puede no revelar el significado completo de un concepto, pero sí ofrece una base sólida para interpretarlo con mayor precisión y evitar errores de comprensión.

El fenómeno se vuelve aún más evidente cuando se analizan los cognados. En lenguas como el español y el inglés, una parte considerable del vocabulario académico comparte forma y significado. Estos cognados funcionan como puentes que facilitan el aprendizaje y aceleran la adquisición léxica. Sin embargo, también existen trampas: los falsos cognados. Palabras que se parecen, pero no significan lo mismo, pueden generar interpretaciones erróneas si no se analizan con cuidado. Conocerlos no solo previene errores, sino que desarrolla una actitud crítica frente al lenguaje.

El valor de las etimologías grecolatinas no se limita al aprendizaje de idiomas extranjeros. También profundizan el conocimiento de la lengua materna. Entender de dónde vienen las palabras, por qué significan lo que significan y cómo se relacionan con otras lenguas amplía la conciencia lingüística y cultural del hablante. El lenguaje deja de ser un instrumento automático y se convierte en un objeto de reflexión.

A pesar de sus beneficios, la enseñanza de las etimologías grecolatinas no es universal. No todos los estudiantes tienen acceso a esta formación, lo que genera una desigualdad silenciosa en el aprendizaje de lenguas. Quienes cuentan con estas herramientas suelen desenvolverse con mayor seguridad en contextos académicos y multilingües, mientras que otros enfrentan mayores obstáculos para interpretar y producir vocabulario especializado.

Aprender etimologías no significa memorizar listas interminables de raíces. Implica desarrollar una mirada analítica sobre el lenguaje, una disposición a preguntarse por el origen y la lógica interna de las palabras. Esa actitud transforma el aprendizaje de idiomas en un proceso más consciente, crítico y eficaz.

Al final, descifrar una palabra extranjera a partir del español no es un simple truco lingüístico. Es el resultado de comprender que las lenguas dialogan entre sí, que comparten historias y que ese pasado común sigue moldeando la manera en que pensamos, leemos y aprendemos. La pregunta no es si las etimologías grecolatinas funcionan como herramienta para el aprendizaje de lenguas, sino si estamos dispuestos a aprovechar todo lo que todavía pueden ofrecernos.

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