Lenguas romances
Ariadna Lizbeth Tovar Medina
Imagina a una mujer en una florería y menciona una palabra común: flores. En el fondo de la mente suena una voz que dice que viene de siglos atrás. Esta palabra no solo nombra una planta; está llena de recuerdos, conquistas, contacto cultural y cambios sonoros que transformaron el latín vulgar en las lenguas romances usadas en la actualidad. ¿Cómo una palabra común puede conservar la historia de tantos imperios? El estudio del latín no es tomado solo como una curiosidad histórica: es el camino para entender quiénes somos como hablantes de las lenguas romances. Cada palabra que pronunciamos proviene de una raíz que nos une directamente con el pasado, ya que, a lo largo de la historia, los seres humanos han evolucionado y, con ellos, sus lenguas.
En este trabajo analizaré cómo el latín vulgar dio origen a las lenguas romances mediante cambios lingüísticos que transformaron su estructura y pronunciación. Es importante analizar cómo una lengua considerada “vulgar” llegó a convertirse en la base del español, el francés, el italiano, el portugués, el rumano y el catalán. Por tanto, estudiar su evolución permite reconocer la huella del latín como una forma de entender nuestra propia lengua y apreciar que cada palabra contiene siglos de historia e intercambio cultural. Así, el análisis del latín muestra no solo un proceso lingüístico, sino también una huella cultural que conecta pasado y presente.
Por latín vulgar se entiende la forma hablada cotidianamente por soldados, comerciantes y campesinos en la antigua Roma; era más flexible y estaba mezclada con otras lenguas. Niculescu (1979) lo define así: “A partir de los comparativistas románicos, se trata el latín vulgar como la verdadera lengua popular viva”. Sin embargo, no existía una única variante del latín: el latín vulgar coexistía con el latín clásico, que era la variedad formal utilizada en la administración, la literatura y la educación. Este último se caracterizaba por una gramática compleja, el uso de declinaciones y un vocabulario más formal.
Entre los siglos III y IX d. C., el latín vulgar comenzó a expandirse tras la caída del Imperio romano por Europa, África y parte de Asia, y evolucionó hacia las lenguas romances. Herman (1997) ha señalado que el fin de la historia del latín puede situarse entre el siglo VII y las primeras décadas del siglo VIII. La evolución del latín puede entenderse y explicarse mediante procesos fonológicos, como la lenición y la palatalización, así como por transformaciones morfosintácticas, como la pérdida de casos. Estos fenómenos, con evidencias en inscripciones y textos, muestran cómo el contacto entre lenguas y culturas, junto con la expansión del latín, fomentó la transformación y evolución lingüística.
Las lenguas romances son los idiomas que evolucionaron directamente del latín vulgar, como el español, el francés, el italiano, el portugués, el catalán y el rumano. Aunque comparten un mismo origen, con el paso del tiempo desarrollaron cualidades propias debido a factores geográficos, sociales y culturales. Como lo señala Bossong (1998), “existe una relación de alianza entre las lenguas romances”. El estudio de estas lenguas permite comprender cómo una lengua se dividió en diversas formas, conservando al mismo tiempo gran parte de su herencia latina.
Tras la caída del Imperio, el aislamiento y la influencia de lenguas regionales provocaron diferencias cada vez más marcadas, que dieron origen a las principales familias romances: la iberorromance (español, gallego, portugués, catalán), la galorromance (francés, occitano), la románica oriental (rumano, aromanio, meglenorrumano) y la italorromance (italiano, sardo, napolitano, siciliano). Como mencionan Harris y Vincent (2003), no existía una única forma idéntica de latín utilizada por todos los hablantes en todo el Imperio. Entonces, ¿cómo fue transformada la identidad lingüística por los procesos fonológicos?
Dentro del vocabulario romance se distinguen las palabras patrimoniales y los cultismos, que permiten identificar de qué variante del latín provienen. Las patrimoniales son aquellas que evolucionaron de manera natural a partir del latín vulgar, sufriendo transformaciones fonéticas y morfológicas, mientras que los cultismos provienen del latín clásico y se mantuvieron casi sin cambios. Ambos tipos de palabras comparten una misma raíz, pero, aunque proceden de ella y se utilizan en contextos similares, difieren en significado y forma.
En la evolución del latín también influyeron otras lenguas; a este fenómeno se le denomina sustrato. Hace referencia a los idiomas que existían antes de la expansión del Imperio romano y que dejaron huellas en el latín, como el vasco o las lenguas celtas. Un ejemplo de sustrato es carrus (carro), proveniente de karrus de origen celta. Otro fenómeno es el superestrato, que corresponde a las lenguas de los pueblos que invadieron los territorios del Imperio tras su caída, como los germanos o los árabes. La palabra guerra, del germánico werra, reemplazó al latín bellum. Estas influencias afectaron la pronunciación y el vocabulario de las lenguas romances, aportando palabras nuevas o modificando sonidos ya existentes.
Otros dos fenómenos importantes son la koineización y la diglosia. La koineización se refiere a la mezcla de distintos dialectos y al proceso de simplificación de varias lenguas en una forma común, llamada koiné. Un ejemplo claro es que, en el Imperio romano, se hablaban distintas variedades del latín y, al mezclarse, se formó una variante común conocida como latín vulgar, que facilitó la comunicación. Por otra parte, la diglosia describe una situación de coexistencia entre dos variedades lingüísticas: el latín culto, empleado en la escritura y la religión, con mayor prestigio social, y el latín vulgar, usado en la vida cotidiana. Esta situación contribuyó a que el latín hablado evolucionara con mayor rapidez, mientras que el escrito permaneció relativamente estable.
El proceso de cambio del latín vulgar a las lenguas romances ocurrió entre los siglos III y IX d. C. Las primeras evidencias documentales de este proceso se encuentran en textos como el Appendix Probi (siglo IV), donde se corrigen “errores” del latín tardío y se revela la evolución hacia las lenguas romances, así como en las Glosas Emilianenses (siglo X), que muestran rasgos del castellano primitivo. Estas fuentes, junto con inscripciones y textos tempranos, permiten comprender cómo una lengua del Imperio se transformó en las diversas lenguas romances que hoy conocemos.
“El latín vulgar transformó la lengua latina” (Campos, 2012). El latín vulgar se transformó poco a poco en las lenguas romances, modificando su pronunciación, su gramática y su vocabulario. Estos procesos afectaron la forma de las palabras y la estructura de las oraciones y se clasifican principalmente en tres tipos: fonológicos, morfosintácticos y léxicos.
Cambios fonológicos
Los cambios fonológicos modificaron la pronunciación de las palabras. Entre los más importantes se encuentran la lenición (debilitamiento de consonantes) y la palatalización (transformación de sonidos como /k/ o /g/ ante e o i).
· Focus → fuego / feu / fuoco: lenición, la /k/ se suaviza o desaparece.
· Centum → ciento / cent / cento: palatalización, la /k/ se suaviza a /s/ o /tʃ/.
Cambios morfosintácticos
Durante el paso del latín al romance se simplificaron muchas estructuras gramaticales. El latín utilizaba casos para marcar las funciones sintácticas, mientras que las lenguas romances comenzaron a emplear preposiciones y artículos.
· rosa / rosae → la rosa / de la rosa; la rose / de la rose; la rosa / della rosa: pérdida de casos y uso de preposiciones.
· illum librum → el libro / le livre / il libro: aparición del artículo, derivado de ille.
Cambios léxicos
Las lenguas romances heredaron la mayor parte del vocabulario latino. Sin embargo, algunas palabras evolucionaron con el tiempo (patrimoniales) y otras se conservaron casi intactas (cultismos).
· auricula → oreja (patrimonial); auricular (cultismo).
· oculus → ojo (patrimonial); ocular (cultismo).
El estudio de la evolución del latín muestra las transformaciones profundas que han ocurrido en su historia y plantea un dilema social en torno a la identidad lingüística. Si cada lengua romance surgió de mezclas, simplificaciones y préstamos constantes, ¿por qué se espera que nuestra lengua actual no cambie? Este debate, especialmente presente en la vida moderna y asociado a las nuevas generaciones, conduce a reflexionar que las lenguas heredadas del latín son sistemas abiertos y dinámicos que, sin embargo, suelen ser exigidos a permanecer inmutables, como si fueran entidades fijas que debieran protegerse de toda influencia.
Este fenómeno afecta directamente a las comunidades. Aunque fueron ellas mismas las que transformaron el latín mediante el contacto y la mezcla, hoy generan desigualdades. En muchas regiones, los hablantes de variedades consideradas “populares” son corregidos o invisibilizados, como si su forma de hablar no fuera legítima. De manera similar a como el latín vulgar fue considerado inferior frente al latín culto, en la actualidad las variedades lingüísticas se ven sometidas a juicios de valor. De ahí la importancia de comprender que las lenguas romances nacieron precisamente de la diversidad y de aceptar que, del mismo modo que evolucionaron en el pasado, pueden seguir creciendo.
No obstante, no todos los hablantes coinciden en esta postura. Algunos sostienen que los estándares impuestos pueden funcionar como herramientas útiles para la enseñanza masiva, siempre que no se presenten como superiores o “más correctos” que las variedades regionales. Desde esta perspectiva, la estandarización no elimina la diversidad, sino que coexiste con ella y permite que distintas formas de habla se mantengan en diferentes contextos sociales.
Este contrapunto muestra que la tensión entre diversidad y norma no es un conflicto sin solución, sino un debate dinámico que se extiende desde la fragmentación del latín hasta las discusiones contemporáneas sobre identidad y poder. Volver a las palabras comunes adquiere así un nuevo significado: no es solo una imagen retórica, sino un recordatorio de que fueron personas concretas quienes moldearon las lenguas que hoy consideramos “cultas”. Cada cambio, cada pérdida y cada palabra que viajó entre pueblos fue el resultado de miles de voces cotidianas que nunca aparecieron en los libros ni recibieron grandes reconocimientos, pero que aun así definieron la identidad lingüística del mundo romance.
En este sentido, lo que hoy se denomina “error” o “innovación juvenil” no constituye una amenaza, sino una señal de que la lengua continúa viva y en movimiento, del mismo modo que lo estuvo el latín hace siglos. Las lenguas no pertenecen exclusivamente a instituciones ni a especialistas, sino a quienes las usan todos los días. Si las lenguas romances nacieron gracias a millones de hablantes hoy invisibles, ¿qué nuevas formas están creando los hablantes actuales sin ser conscientes de ello?

