El ruido emocional de una oficina
Carla Huidobro
Una oficina produce ruido incluso cuando nadie habla. Se cuela en los pasillos, en los correos escritos con cuidado excesivo, en las reuniones donde todo queda pendiente. No hace falta conflicto: basta con una tensión sostenida, con la sensación de que algo siempre está a punto de desacomodarse. El cuerpo lo registra antes que la conciencia.
Ese ruido organiza la jornada. Marca qué se puede decir, cuándo conviene callar, qué errores no se cometen dos veces. Ajusta los gestos, afina el tono, disciplina el cansancio. No es evidente, pero es constante. Funciona mejor cuando parece normal.
Las oficinas que operan así no improvisan. Tienen reglas flexibles, responsabilidades móviles, decisiones que no dejan huella. Todo avanza, nada se fija. La claridad aparece solo cuando sirve para exigir. La ambigüedad sostiene el resto. En ese margen impreciso se instala el desgaste.
Con el tiempo, el cuerpo aprende a anticiparse. A explicarse solo. A no necesitar órdenes explícitas. La vigilancia deja de venir de afuera y se vuelve hábito. El cansancio ya no se discute; se administra. La incomodidad se interpreta como debilidad personal. La adaptación se confunde con profesionalismo.
El ruido emocional erosiona sin urgencia. Reduce la conversación a cálculo, la colaboración a estrategia mínima, la inteligencia a supervivencia elegante. Todo sigue funcionando, pero más estrecho. Más tenso. Más caro de sostener.
Hay oficinas que se presentan como formales, institucionales, eficientes. Lo son. También producen enfermedad con la misma prolijidad con la que producen informes. Nada se rompe del todo. Nadie levanta la voz. El costo se reparte en silencios largos, en cuerpos agotados, en renuncias que parecen decisiones individuales.
El ruido emocional no se corrige: se reconoce. Y reconocerlo implica aceptar algo incómodo. Que no todo malestar es falla personal. Que hay estructuras que operan bien precisamente porque alguien está absorbiendo la tensión. Que el silencio, en ciertos lugares, no es armonía, sino adaptación forzada.
Eso es una oficina cuando hace ruido. Aunque nadie lo nombre.

