Carla Patricia Saucedo Huidobro 

Hugo Andrés Resendez Gojon

El acceso abierto no es una bandera ni una consigna. Es una decisión de madurez institucional.

La historia de la academia —como toda historia humana— ha estado marcada por modelos de organización que respondieron a su tiempo: concentración de recursos, suscripciones especializadas, circuitos cerrados de circulación. No es necesario descalificar ese proceso para reconocer que hoy las condiciones tecnológicas y sociales permiten otra cosa. Permiten ampliar. Permiten optimizar. Permiten que la inversión en ciencia tenga un alcance más profundo y más equitativo.

Cuando el conocimiento circula libremente, no se debilita la institucionalidad; se fortalece su impacto. Cada artículo en abierto es una extensión del esfuerzo público y privado que lo hizo posible. Es mayor transparencia. Es mayor trazabilidad. Es mayor posibilidad de que la evidencia llegue a quien la necesita.

En ese escenario, las mujeres ocupan un lugar que no puede leerse como añadido, sino como eje. La trayectoria histórica muestra que muchas científicas realizaron aportaciones decisivas en contextos donde el reconocimiento no siempre fue proporcional a su contribución. El caso de Rosalind Franklin permanece como referencia obligada: su trabajo en difracción de rayos X resultó esencial para comprender la estructura del ADN, base sobre la cual James Watson y Francis Crick desarrollaron el modelo que les valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Más allá de la circunstancia histórica, el episodio evidencia que los mecanismos de circulación y legitimación del conocimiento no siempre fueron simétricos.

Hoy, el acceso abierto introduce una corrección técnica que tiene efectos estructurales. Permite que investigadoras, sin importar su ubicación geográfica o la dimensión presupuestal de su institución, consulten literatura actualizada, publiquen con mayor alcance y consoliden redes académicas sin depender exclusivamente de circuitos cerrados. Incrementa visibilidad, amplía citación y fortalece liderazgo científico femenino sin confrontar, sin polarizar, sin debilitar la arquitectura institucional existente.

No se trata de señalar culpables. Se trata de evolucionar prácticas.

La ciencia abierta amplía participación, diversifica perspectivas y maximiza el retorno social del conocimiento. Para las mujeres, implica mayor autonomía intelectual y mayor posibilidad de incidir en agendas estratégicas. Para las instituciones, significa eficiencia, transparencia y legitimidad reforzada.

En ese equilibrio —entre tradición académica y modernización responsable— el acceso abierto no representa ruptura, sino consolidación. Una ciencia que circula es una ciencia que cumple mejor su función pública. Y cuando más mujeres pueden leer, producir y ser leídas, el sistema no pierde estabilidad: gana profundidad.

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La princesa del ¿por qué?