Liborio Méndez

Los libros a veces se buscan y a veces encuentran a sus lectores. En días pasados, felizmente convivimos en familia en la metrópoli de la patria, y tuve la oportunidad de leer por primera vez a Dahlia de la Cerda (Aguascalientes, 1985), autora de “Las perras de reserva”, publicado por Narrativa Sexto Piso. El libro llamó mi atención por su potente portada, con una ilustración simbólica de los actores de las historias contenidas, acorde con el título, un libro por demás irreverente.

El índice del texto es sugerente de la intensidad de la lectura, con cuentos breves hilvanados para configurar contextos del feminicidio, con un léxico crudo que incorpora los vocablos de los márgenes, poniéndose en los zapatos de las víctimas y señalando sin ambages las profundas desigualdades sociales y las tensiones que atraviesan los sistemas de justicia y seguridad pública. El vocabulario usado pretende explicitar categorías para situar límites entre el bien y el mal, una vez que se cae sin retorno a la vida criminal.

La autora no se anda por las ramas, describe en trece casos la tragedia de quienes son privadas de su libertad y de la vida, recurriendo al único lenguaje que puede cimbrar al lector, con vocablos ofensivos porque solo así se puede nombrar la experiencia vital de los de abajo, criados en los barrios bravos sin más protección que la violencia verbal y la licencia de Dios, o del diablo. “Me encomendé al Diablo porque Dios en esto no hace el paro”.

Tejer frases y oraciones en un permanente decir los usos y costumbres de vivir sin ley, pero siempre con la ley de la selva, permite forjar un texto que construye un monólogo dialógico sobre la perra vida de las mujeres asesinadas en México, imaginando conversaciones con las desaparecidas o con quienes han sido ya dadas por muertas, en su precario hogar, un lote baldío, un arroyo o el desierto convertido en cementerio de cuerpos abandonados.

Se abordan también los casos de mujeres que se convierten en sicarios y escalan la pirámide de los cuerpos armados de los cárteles, llegando a convertirse en guardaespaldas de élite de los familiares de los jefes más encumbrados en el delito, incluidas las propias hijas que pueden ser herederas de esos imperios o bien contraer matrimonio con jóvenes vinculados a esferas de poder.

Esta obra literaria lo es porque recurre a una narrativa disruptiva que conmueve, que provoca, y es tal su esgrima verbal que no evade perrear con palabras altisonantes para recrear tal vez las últimas horas de las víctimas y hasta de sus victimarios, reconociendo los enlaces de violencia de la vida criminal, cuyos barones tienen siempre las garras para engatusar y reclutar jovencitas al mundo del dinero fácil, el alcohol y las drogas.

Cito el párrafo final de la contraportada: “Como si solo mediante el relato postrero de sus aventuras y desventuras encontraran estas memorables protagonistas la redención consistente en existir atemporalmente, a través de la potente y genial literatura de Dahlia de la Cerda”.

En suma, toda una revelación literaria; siendo ópera prima obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2019. Una sacudida a las buenas conciencias que, desde la indiferencia social, terminan por normalizar entornos de violencia que siguen cobrando vidas. Un llamado incómodo, necesario, que da voz a los de abajo, a las muertas y a sus familiares, colocando en el centro una realidad que aún exige ser mirada sin evasivas.

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