Elegir es perder: las vidas que no vivimos

Por Carmen Saucedo

En Solenoide, el escritor rumano Mircea Cărtărescu formula una de las ideas más perturbadoras y honestas sobre la existencia humana: vivir consiste, esencialmente, en elegir, y toda elección implica la cancelación irreversible de innumerables posibilidades. No se trata de una afirmación moral ni filosófica en sentido estricto, sino de una constatación casi física: cada gesto, cada parpadeo, cada mínima variación del rumbo produce una ramificación infinita de vidas que no serán.

La imagen que propone Cărtărescu es poderosa. La vida real la que efectivamente vivimos se solidifica con el paso del tiempo: adquiere forma, coherencia, incluso una narrativa reconocible. Pero esa misma coherencia es también una simplificación. Al endurecerse, la vida deja atrás una multitud de trayectorias posibles que sobreviven apenas como líneas punteadas, espectrales, invisibles. Son las vidas que no elegimos, las versiones alternativas de nosotros mismos que quedaron suspendidas en el umbral de lo posible.

Esta conciencia vuelve especialmente difícil el acto de decidir. Elegir no es solo avanzar: es renunciar. Cada sí contiene muchos no; cada camino recorrido clausura otros pasillos que jamás volverán a abrirse. En Solenoide, esta constatación no genera alivio ni sabiduría práctica, sino una inquietud persistente, casi metafísica. El narrador no se pregunta qué vida fue mejor, sino cómo soportar el peso de todas las que quedaron atrás.

Vivimos en una cultura que glorifica la elección: elegir carrera, pareja, ciudad, estilo de vida. Se nos repite que decidir es un acto de libertad. Pero Cărtărescu introduce una grieta en esa idea optimista: la libertad de elegir viene acompañada de una pérdida radical. No solo perdemos opciones externas, sino identidades completas. Cada decisión nos aleja, para siempre, de alguien que también podríamos haber sido.

La metáfora de las calles radiales que parten de una plaza estrecha es especialmente elocuente. Desde un punto inicial casi insignificante, las trayectorias se separan cada vez más, hasta volverse irreconciliables. Con el tiempo, el “yo” que no parpadeó ya no se parece en nada al “yo” que sí lo hizo. No hay retorno posible, ni siquiera imaginario. Solo queda la intuición de que nuestra vida actual está rodeada, como un capullo, por millones de vidas virtuales que nunca llegarán a existir.

Esta visión no busca paralizar, aunque puede hacerlo. Más bien, nos confronta con una verdad incómoda: la dificultad de elegir no radica en el miedo al error, sino en la conciencia a veces difusa, a veces insoportable de todo lo que dejamos de ser. Elegir no es solo construir una identidad, sino aceptar la desaparición de muchas otras.

En ese sentido, Solenoide ofrece algo raro y valioso: una forma de nombrar la angustia contemporánea. En un mundo saturado de posibilidades, la elección se vuelve un acto casi trágico. No porque siempre nos equivoquemos, sino porque incluso cuando elegimos bien, algo esencial se pierde para siempre.

Quizá por eso decidir se siente, tantas veces, como un duelo silencioso. No lloramos lo que no fue, pero lo llevamos con nosotros. Y tal vez comprender esto como propone Cărtărescu no nos haga elegir mejor, pero sí nos vuelva más conscientes del precio invisible de cada paso que damos.

Siguiente
Siguiente

Cuando la ciudad se detuvo