Por Karyme Barrera

Elegirse a uno mismo no siempre es un acto evidente. De hecho, muchas veces es todo lo contrario: es incómodo, confuso y profundamente emocional. Desde afuera, decidir parece sencillo. Se habla de tomar buenas decisiones, de elegir lo correcto, de seguir cierto camino. Pero pocas veces se habla de la fuerza que implica sostener una elección cuando no es la más fácil ni la más esperada.

Considero que, en la vida, elegir rara vez es completamente racional. La emoción pesa, y pesa mucho. No decidimos en un vacío; decidimos desde lo que sentimos, desde lo que creemos que deberíamos hacer y desde lo que otros esperan. Es ahí donde aparece algo más profundo que la simple duda: una especie de vértigo, un miedo silencioso que nace de no saber con certeza qué estamos eligiendo ni, muchas veces, por qué lo estamos haciendo.

A veces incluso hay decisiones que no terminan de hacernos sentido, pero aun así las sostenemos, como si elegir también implicara confiar en algo que todavía no logramos entender del todo.

Elegirse implica asumir esa incomodidad. Implica reconocer que no siempre vamos a tener certeza, que muchas decisiones importantes vienen acompañadas de duda. Y, aun así, elegir. No desde la seguridad absoluta, sino desde una intuición más profunda: la de estar siendo fiel a uno mismo.

Tal vez una buena elección no se define únicamente por su resultado, sino por el lugar desde donde se toma. Elegir lo que te acerca a tus convicciones, a tu forma de ver el mundo, a lo que se siente correcto, aunque no sea lo más fácil. En ese sentido, la incertidumbre no es un error; es parte del proceso.

Al final, elegirse no es tener todas las respuestas. Es atreverse a sostener una decisión incluso cuando no se comprende del todo, incluso cuando incomoda. Es aceptar que no siempre habrá claridad, pero sí una sensación (a veces mínima, casi imperceptible) de estar siendo fiel a algo propio. Y quizá eso sea lo único realmente seguro: que, aun en medio de la duda, hay elecciones que nos construyen, precisamente porque nos obligan a enfrentarnos con quienes somos.

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